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Una tarde de enero

Pongamos
que las alarmas que me han crecido en lugar de alas
después de numerosos ataques por sorpresa,
ahora -invadidas
por una rebeldía equina-
ya no saltaran
si eres tú quien se acerca.

Imaginemos
que mi rapidez para enfriarme
desapareciera si me tomaras la mano
y el mundo enrojeciera cálido y apacible.

Entonces,
como un gato tumbado al sol
que sólo quiere que el tiempo se pare,
comenzaría mi sonrisa grande.

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