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CORAZÓN






De un momento a otro
mi voz te dirá adiós,
corazón.

En esta espera
que acaba toda esperanza
me dejas la piel en pausa,
corazón.

Me apeteces,
me desarmas,
corazón,
reconozco que me encantas,

pero yo estoy hecha
para otro ritmo de carrera,
para otro golpe de cadera
sin miradas al pasado,
corazón,
ni invitado desganado
ni muletas.

Quiero roja primavera,
corazón,
desarmarme las alarmas,
alojarme en las afueras
de mi cabeza asustada,
y una luna despiadada
que me acaricie en mis muertes.

Y tú quieres ser diciembre,
corazón,
ya lo sabes,
parece que lo deseas,
te quedas en su almanaque
de anestesiado perenne.

Te me mueres,
corazón,
en tu palabra vana
y tus actos recurrentes.







Tengo el corazón en blanco
pero flores amarillas
me nacen bajo los pies.




Hoy abril es noviembre

Hoy me toca el nervio en el estómago
como le toca la lluvia a la acera.

El otoño ha vuelto,
y llevo tanto echando el freno
que temo que el acelerador se haya oxidado.

¿Y qué si dices que la vida
te resulta más sencilla dejando que fluya,
que sólo con invitaciones mueves tus fichas?

Mírate. Colgando del cuello
llevas un cartel de Prohibido el paso
y no lo sabes.

Y por eso mi corazón sigue en blanco.

Miedo

Sí, es cierto que todavía
no me encuentro en mis manos de cangrejo oxidado
y que el agua me llega hasta la cintura
cuando te extraño.

Pero
nunca la primavera había sido
tan temprana y tan roja
y la vida
un pájaro que busca atardecer
plagado de aire y soles amarillos.

Eclipse



Hasta mañana. Y no hay mañana.
Eclipsada, y sin embargo
sin poder dejar de mirarte
como una sombra que ya no quiere ser
entono en son de despedida
un silencio urgente de bisturí
para que el rojo del cielo se vaya contigo.

Pero antes
devuélveme las nubes previsibles,
las palabras vacías,
para que pueda volver a guardar
diciembre en un cajón.

Y recuerda olvidarte los adioses,
eres tan torpe
que llenarías mi presente de sal aciaga
y tu futuro de veneno
hecho de rencor y malas palabras.

Para A.B., cuando teníamos quince años

Cuéntame cómo eras en tu verano,
quién te dio esas alas
silenciosas y esmeriladas, qué hado.
Qué llama, o qué materia de sueño
entreabrió sus raíces en el centro
de tu mar, quién inunda tus palabras.

Dime qué hacer para que tu mirada
ilumine mi sombra,
cómo soportar la sal que corrompe
el agua, porque su acritud me ahoga.
Dime cómo ignorar que no conoces
mis ojos, que muy poco te importan.

Pero háblame, susúrrame el conjuro
para arrancar tu mar y tu mirada,
que la herida de tu cuchillo oscuro
solamente tú podrías sanarla.
Y que me irrumpa el vacío sin fruto,
que prefiero tu ausencia a tu navaja.

Una tarde de enero

Pongamos
que las alarmas que me han crecido en lugar de alas
después de numerosos ataques por sorpresa,
ahora -invadidas
por una rebeldía equina-
ya no saltaran
si eres tú quien se acerca.

Imaginemos
que mi rapidez para enfriarme
desapareciera si me tomaras la mano
y el mundo enrojeciera cálido y apacible.

Entonces,
como un gato tumbado al sol
que sólo quiere que el tiempo se pare,
comenzaría mi sonrisa grande.