Vuelvo a vestirme de cangrejo oxidado
sabiendo que ésta no es la última batalla
ni, por descontado, la mejor de todas,
y lloro los besos que no voy a darte
ante el desconsüelo de tu bocado.
Porque quise jugar contigo a ser peonza
en el tablero acodado de tus damas
haciendo ojos sordos a tu dependencia
enquistada y terminé siendo rastrojo,
roja soledad, corazón vomitado.
En cambio, concupisciente malhallado,
sibilino, tú sólo has pasado el rato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario